Guilheme Joventino COO de MIGNOW Crédito MIGNOWLas organizaciones que logran tomar decisiones con mayor rapidez, automatizar procesos y convertir los datos en inteligencia competitiva tienden a ampliar sus ventajas. 

Durante muchos años, la estabilidad fue el principal argumento para justificar la permanencia de entornos tecnológicos heredados. Si los sistemas seguían funcionando y soportando las operaciones críticas del negocio, no había motivos para asumir los riesgos y la complejidad asociados a una modernización. En muchos casos, postergar decisiones parecía la opción más prudente. Sin embargo, esa percepción está empezando a cambiar.

Colombia se ha consolidado como uno de los mercados más dinámicos en materia de transformación digital en América Latina. Grandes grupos empresariales están acelerando iniciativas de automatización, analítica e inteligencia artificial, mientras sectores como industria, energía, minería, logística, retail y servicios financieros enfrentan una creciente presión por mejorar la productividad y la eficiencia. En un entorno cada vez más competitivo, la capacidad de adaptación ha dejado de ser una ventaja diferencial para convertirse en una condición indispensable para crecer.

Es precisamente en este contexto cuando muchas empresas empiezan a comprender que parte de los obstáculos para innovar no se encuentran en la falta de inversión en nuevas tecnologías, sino en la infraestructura sobre la que estas tecnologías deben operar. Lo que antes se interpretaba como estabilidad empieza a revelar un costo silencioso que rara vez aparece en los informes financieros, pero que se manifiesta todos los días en la operación.

Ese costo está presente en procesos excesivamente manuales, en integraciones frágiles que requieren mantenimiento constante, en las dificultades para consolidar información y en la dependencia de especialistas cada vez más escasos. No se trata de un problema que aparece de forma repentina. Por el contrario, es una erosión gradual de la eficiencia que muchas veces solo se hace evidente cuando la empresa intenta acelerar una iniciativa estratégica y descubre que su propia estructura tecnológica se ha convertido en una barrera.

Tal vez el impacto más difícil de medir sea precisamente el costo de las oportunidades perdidas. Postergar iniciativas de automatización, retrasar proyectos de inteligencia artificial y limitar el acceso a nuevas funcionalidades significa renunciar a ganancias en eficiencia y competitividad. Ese costo no aparece en ninguna línea del presupuesto, pero reduce, poco a poco, la capacidad de crecimiento de las organizaciones.

Esto resulta especialmente relevante en un momento en que prácticamente todas las empresas buscan formas de aprovechar la inteligencia artificial para aumentar la productividad y generar ventajas competitivas. El problema es que la IA, la automatización y la analítica dependen de datos estructurados, integración y capacidad de procesamiento. Cuando esa base está apoyada en entornos altamente personalizados y concebidos para una realidad empresarial muy distinta a la actual, la complejidad termina convirtiéndose en un freno para aquello que debería acelerar la transformación.

Por eso, la conversación sobre modernización ha dejado de ser un tema restringido a las áreas de tecnología. Hoy forma parte de la agenda de competitividad de los negocios. Al fin y al cabo, la pregunta más relevante quizás ya no sea cuánto cuesta actualizar un entorno tecnológico, sino cuánto cuesta seguir operando sobre estructuras que ya no responden a la velocidad que exige el mercado.

No es casualidad que estudios citados por MIT Sloan Review muestren que las empresas con mayor madurez tecnológica tienden a ser hasta 26 % más rentables que sus competidores. Más que el acceso a nuevas funcionalidades, la diferencia está en la capacidad de convertir la tecnología en productividad, velocidad y crecimiento sostenible.

Esta reflexión cobra aún más importancia para las empresas colombianas. La competencia regional se está intensificando, impulsada por la creciente digitalización de países como Brasil, México y Chile. Las organizaciones que logran tomar decisiones con mayor rapidez, automatizar procesos y convertir los datos en inteligencia competitiva tienden a ampliar sus ventajas. En cambio, las compañías que cargan con estructuras excesivamente complejas terminan comprometiendo su capacidad de evolución.

Existe además otro aspecto que empieza a preocupar a los líderes empresariales en toda América Latina: el costo de la postergación. Muchas organizaciones creen que retrasar proyectos reduce riesgos y preserva recursos financieros. Sin embargo, en la práctica, cada año de espera aumenta la deuda técnica, acumula nuevas personalizaciones y reduce la previsibilidad de los proyectos.

No por casualidad, estudios del sector indican que cerca de 60 % de los proyectos SAP sufren retrasos o superan el presupuesto previsto, muchas veces como consecuencia de fallas en la planificación y la gobernanza. Cuanto mayor es la complejidad acumulada a lo largo del tiempo, más difícil tiende a ser la ejecución.

Esta discusión adquiere aún mayor relevancia ante la proximidad del fin del soporte para SAP ECC, previsto para 2027. Pero el desafío no termina en esa fecha. Estimaciones divulgadas por Gartner indican que aproximadamente 40% de los clientes de SAP ECC seguirán operando en entornos heredados en 2030. Esto demuestra que no se trata simplemente de una carrera contra el tiempo, sino de una discusión estructural sobre productividad, competitividad y capacidad de adaptación.

Las empresas más maduras han comprendido que la modernización no es un evento aislado, sino un proceso continuo de evolución. No esperan a que la urgencia les imponga el cambio. Consideran la tecnología como una capacidad estratégica, directamente relacionada con la productividad, la innovación y el crecimiento sostenible.

Porque, al final, la discusión ya no gira en torno a los sistemas. Se trata de competitividad. Y en un mercado como el colombiano, que busca fortalecer su protagonismo regional en un escenario de transformación digital acelerada, quizás la pregunta más importante ya no sea si vale la pena modernizarse.

La pregunta que empieza a ganar espacio entre los líderes empresariales es otra: ¿cuánto cuesta seguir operando como si el futuro pudiera esperar?